Dos dias en Moraleja, que mas que una finca en la Calera, es la última frontera, si hablamos de los límites entre el paraiso y esta tierra.
Dos dias de reposo antes de comenzar y continuar caminos.
Dos dias para enfrentarse con el olvido que seremos y sentir propia, la parte de estas hojas que nada tiene que ver con el amor del padre y del hijo, sino con la muerte, con el momento de halar el gatillo, con el verdugo, con la motocicleta encendida esperando a quienes, por dos mil pesos, acaban con la vida de quien sea.
No haber visto entrar nunca el padre que te da besos estruendosos, pero descubrir, aunque tarde, un verdugo entre las mismas cuatro paredes que te oyeron tocar flauta dulce. Sentir tanta rabia por no haber tenido la malicia suficiente para sospechar, que cuando las noticias lamentaban la muerte de un hijo de la patria, en la casa, a la semana siguiente, y con gran festejo, se estrenaba sala, comedor y alcoba. O no ver que su repentino viaje a Neverland, coincidia con un gran malestar nacional. Y como la cegera del amor filial, se desenteraba de los procesos y no cuestionaba las fortunas amasadas en horas, y que para cuando hubo conciencia de todo aquello, fué demasiado tarde, ya habiamos perdido un hermano.
Tantas cosas que se vivieron y que ahora mas que nunca, agradezco sean recordadas y que no queden impunes los asesinos de la vida, asi tengamos algunos que recordar, a fueza de justicia, los nombres de quienes mas quisimos, para que paguen, al fín, por su barbarie.
Hay quienes no merecen ser olvidados, sea por bondadosos o por despiadados.
Y de este libro, advierto, que estar en el envés de la historia, nos acelera el olvido.

