Mi cerebro, por su naturaleza inquieta, no me permite disfrutar de las lecciones escritas.
Pero aprendí, por acomodación, a leer el día.
Para conocerlo necesito 5 sentidos y no uno.
Para predecirlo, un sexto, con el que nací, como sucede a muchos, pero el que todos los días cultivo, como hacen pocos.
Mi mente no consiente la placidez de la lectura, ni la calma de las actividades lentas y centradas.
Pero la vida, esa de cada hora y de cada cual, me abre un mundo al que difícilmente acceden quienes cultivan su existencia solo a la luz de historias ajenas.
Agradezco a quienes pusieron en frente mió a sabina.
Es como leer a Borges a ojos cerrados, a oídos abiertos y entenderlo.
Frente a mi incapacidad no me siento culpable. Indudablemente me considero inimputable. Exenta de todo gravamen.
Pero no por ello dejo de intentar cada vez aventajar en la batalla a mi propia testa.
Lidio para conseguir saldar a diario dos hojas del libro que me he propuesto leer así tenga que silabearlas y en el peor de los casos, que es el mas común, deletrearlas, eso si, siempre en voz alta para no permitir que algún sonido externo desvíe mi atención
Burlo mi endeble voluntad con artimañas poco convencionales para llevar a buen término una actividad cotidiana tan simple como llegar puntual a la cita de las tres de la tarde.
Por llegar al mercado y recordar siquiera uno de los dos artículos que necesito. Por ser capaz de terminar este párrafo sin haberlo interrumpido cualquier cantidad de veces, porque a estas alturas, ya no recuerdo el propósito de este escrito.
Todavía no se si al fin el coronel recibió o no su correspondencia y de Santiago Nassar recuerdo algo porque lo “leí” en el Teatro Libia, comiendo galleticas de mantequilla, de esas en forma de florecitas.
Y macondo, creo que si existe. Aunque no estoy muy segura de su ubicación.
Pero sí hay algo que recuerdo con total claridad: “Alumbra lumbre de alumbre luzbel de piedra lumbre, sobre la podredumbre, lumbre, lumbre”
Según el neurólogo, lo pude haber aprendido porque es rítmico y cíclico. Argumento que creo, incomodaría a Miguel Ángel Asturias quien no soportaría enterarse de que su composición es bastante obvia, al punto de no haber presentado dificultad alguna para mi.
No estoy queriendo decir que en mi vida ha estado del todo ausente la lectura. Este año a principios, logré algo impensable en otras épocas, leer un libro de ciento y tantas paginas en dos días: “El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince. Y Luego otro de un escritor también encantador: “El desbarrancadero” de Fernando Vallejo y por último “Uno” de Richard Bach.
El impulso ha perdurado y aquí comienzo otro: “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago (nunca es tarde Juan Mosquera).
A donde irá a parar este idilio mío con los libros?, no sé, pero no voy a preocuparme por ello. Por ahora, solo quiero que llegue el momento del día donde mi cabeza me permita fijarme en aquello que sin su permiso ni siquiera existiria.
My profile...
lunes, 12 de marzo de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)